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    Allá por 1920 se inició la primera transmisión radial en Argentina donde se logró emitir la voz de un improvisado locutor que pudo llegar solamente a 50 personas.

     Con sucesivas adaptaciones la radio acompañó a la sociedad argentina  pasando de ser un bien de pocos elegidos a un miembro más -e indispensable-  de las familias de trabajadores  que conseguía comprarla usada o nueva y a crédito, con mucho esfuerzo.

     Con el avance tecnológico de aquellos tiempos se fueron instalando antenas por todo el país que daban la posibilidad de cambiar el dial a gusto del oyente para elegir la programación de su preferencia.

     El "Glostora Tango Club", "El club de los Ruxcolitos", "La revista dislocada", "Odol pregunta por un millón de pesos", los noticieros, los relatos de fútbol de Fioravanti,  las novelas de Alfredo Alcón, Violeta Antier, Oscar Casco y Alfonso Amigo hasta las lentas campanadas de Casa Escasany  que anunciaban la hora oficial, poblaron los silencios con música y palabras.

     Los estudios, entonces, eran también escenario de músicos que tocaban y cantaban en vivo y lugar de teatro de artistas -que vestidos según la trama de la radionovela- eran compartidos en vivo por la concurrencia mientras otros los escuchaban a través de sus aparatos. Cuando no hubo espacio ya para las orquestas el disco de pasta fue el rey de las transmisiones musicales. De todos modos, la gente concurría a las emisoras para ver a sus locutores y locutoras que salían a la calle como si fueran artistas, firmando autógrafos y sacándose fotos con sus admiradores.

     De aquellos tiempos donde las mujeres se reunían alrededor de la radio para escuchar la romántica radionovela, los hombres el fútbol, el box  o los avatares políticos por Radio Nacional y los niños a la inocente Catita o a Juan Carlos Mareco "Pinocho"   ha quedado poco.

     Hoy las radios se siguen a través de redes sociales, por móviles o por Internet; hay programas de AM que prácticamente se hace sin planificación, tan sólo con la participación  de los oyentes que llaman a la radio para informar de accidentes, asaltos o cortes de calle por piquetes, quejas y preguntas sobre algún trámite o simplemente levantan las noticias de Internet sin cerciorarse de su origen y veracidad,  lo que da cuenta de una falta de profesionalismo bastante importante. Las FM, mientras tanto,  se vuelcan en dos direcciones: las que pasan el último tema de moda cada 20 minutos hasta saturar los oídos a punto tal que al final del día uno ya se aprendió la letra de memoria porque encima la musiquita es pegadiza (ni qué hablar del "éxito del verano" que circulará obligatoriamente en todas las radios), una suerte  para las discográficas que pagan para que se transmita la canción de su exclusivo artista musical; o las que tienen contenido y van desde programas de interés político, social y cultural  a los de fraudulentos sanadores a distancia y especializados en uniones de parejas, pues todo vale mientras quien sale al aire pague su espacio al dueño de la radio.

     Cuando la tele le puso imagen a las voces de la radio se perdió la magia y los oyentes desilusionados pasaron a ser televidentes.

     La imagen en directo o las películas y series lograron acallar las radios, aunque no todas. La tele pasó a transmitirse 24 horas y la noticia no sólo podía escucharse sino verse al mismo tiempo. Hoy miramos guerras y crímenes en tiempo real. La globalización nos domesticó convenciéndonos de que era fundamental estar comunicados y enterados de todo lo que acontecía en el mundo casi al mismo tiempo.

     Gracias a las cámaras ocultas y a los paparazzis la intimidad de las personas ha dejado de ser privada porque  cuanto más se ventila más cerca se está del éxito ya que la popularidad es un negocio y tres minutos en la tele puede asegurar el camino directo y sin escalas a la fama.

     Ya no llama la atención que las vedettes son protagonistas de programas infantiles con vestuario de transparencias y alitas de hada; las modelos son locutoras ocasionales que promocionan productos sin haber hecho la carrera de Locución con sus habilitaciones correspondientes; los actores y actrices son conductores de programas donde los obesos intentan perder peso o que comentan sobre lo que no se vio en otro programa como si eso realmente fuera una cuestión de estado; los periodistas de política internacional intervienen como panelistas en programas de chimentos; los jugadores de fútbol  son modelos de ropa interior; la chica perdedora de Gran Hermano es cabeza de compañía de un teatro de revista en la temporada de verano que seguramente inventará un romance con la esposa del jugador de fútbol que es modelo  y cualquier mamarracho se autoproclama la subida del raiting con su sola presencia.

     No importa el precio que se pague por la fama. No importa. Seguramente cualquiera de estos personajes farandulescos, cuando abra la puerta de la heladera y piense que la luz de su interior son flashes de paparazzis entrará en una crisis de sobreexposición o de anonimato y llamará a los canales diciendo que se suicidará en vivo. Y usted sabe que volverá a estar en uno de esos programas insufribles de la tele actual.

     De este tipo de cosas es que debemos cuidar a nuestros niños y niñas para que no confundan el éxito con la gloria, el esfuerzo con la fama, el buen gusto con el todo vale, la salud con la anorexia y la bulimia, el talento con la divulgación de un chisme frente a una cámara, la creatividad con un agravio y la oportunidad con oportunismo.  Cuidarlos en el sentido de que los modelos que se muestran no siempre son los adecuados y correctos sino que corresponden a una ideología de la masificación del consumo continuo y el objeto de deseo tiene que estar en su crecimiento como persona, no en lo efímero o en lo material.

     Mostrarles que tiene el poder absoluto de elegir entre la programación aquello que les ayude a desarrollarse en libertad de pensamiento y acción, sin presiones publicitarias para adquirir productos que los hará sentir felices eternamente. Que sean felices con lo que tienen y no entristecidos y frustrados por lo que no poseen.

     Aquella vieja radio hacía volar la imaginación, igual que los libros de cuentos, igual que los relatos y leyendas que contaba la maestra.

     Hay que exigir programación adecuada para la formación intelectual y social de niños y niñas porque serán los conductores del mañana: en la radio, en la tele, en una empresa, en un gobierno y en sus vidas.

     Si las autoridades competentes no hacen caso y el circo mediático sigue es preferible, entonces, el silencio y luego  un buen libro de aventuras donde la imaginación todo lo pueda.

     O si no, leerles esas viejas cartas de amor del abuelo a la abuela.

     Y si no hay cartas, pues las inventa porque los adultos somos los que tenemos el poder del botón.

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