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     Hay quienes dicen que no hay enfermedades pero sí hay enfermos. No cualquiera puede enfermarse. Para conseguirlo debe reunir una serie de requisitos: que exista un virus o una bacteria, que su organismo esté falto de defensas, que esté mal alimentado, que tenga una predisposición genética, que se encuentre bajo estrés o que desee llamar la atención de alguien por citar algunas causas.

   El origen de un síntoma comienza en la siquis del individuo, a partir de cierta predisposición; de ahí que se hayan considerado enfermedades sicosomáticas, lo que en realidad es cierto, pues somos un conjunto de siquis (mente) y cuerpo (soma) que manifiestan un desequilibrio en forma de síntomatología.

     Otros conocedores de la medicina moderna agregan a esto cuestiones del espíritu, energías  positivas o negativas, estudios del aura o de memoria celular y  que condicionan tanto al cuerpo como a la mente. De ahí que muchos médicos han optado por la medicina ayurveda o alternativa, mucho más integral, rescatando antiguos saberes de pueblos arcaicos de cualquier lugar del mundo.

Antes, el poder estaba en el médico, con un saber incuestionable para el enfermo y su entorno. Hoy, los juicios por mala praxis demuestran que son falibles. Por eso  los enfermos ejercen su derecho a tener acceso a segundas opiniones médicas, a elegir el lugar de internación o dónde realizar los estudios ordenados, también de  interiorizarse sobre tratamientos, medicamentos recetados y sus consecuencias posteriores, en un claro panorama de igualdad entre médico y paciente.

De lo que sí tendríamos que detenernos a pensar es sobre la categoría de enfermos que hay en el mundo. Puntualmente a los que gozan de beneficios en su atención médica en los países de primer mundo que va desde pulcras sábanas rosadas, habitaciones climáticamente acondicionadas  hasta tecnología de primer nivel y aquellos enfermos que pertenecen a los países del tercer mundo, con falencias estructurales en  las instituciones, con escaso presupuesto a las áreas de salud, a la falta de médicos y enfermeros, a la carencia de instrumental adecuado y a la existencia de equipos obsoletos para diagnóstico o tratamiento, a la distancia que deben recorrer para llegar a los hospitales u ocasionales dispensarios, a los que carecen de elementos ortopédicos que puedan suplir las amputaciones para poder reintegrarse a su vida de una manera menos frustrante y/o a los que estando internados deben sortear bombardeos porque habitan países que están en guerra.

Creemos que este punto es el que  debe instalarse actualmente en la charla cotidiana, en los blogs, en la prensa, en jornadas como la que hoy se celebra: pensar en la calidad de vida de los enfermos que habitan territorios abandonados a la suerte de los gobiernos.

La solidaridad mundial no es suficiente y en casos de desastre concurre en el auxilio una sola vez, tal vez dos, pero no es constante: puede menguar el problema pero no lo soluciona radicalmente.

Son los gobiernos quienes deben velar por la salud mental y física de la población y hay que obligarlos a que así sea.

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