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La violencia asoma cuando el raciocinio -que es la condición que nos diferencia de los animales-  se esfuma y se da rienda suelta a la pasión que provoca el descontrol en los ánimos y en la mente, modificando de ese modo a las personas y las cosas.

No hay sociedad ni antes ni ahora  donde la violencia no haya sido ejercida y padecida.

Ni hay persona que no haya sido testigo, fuera objeto de violencia  o que haya ejercido la violencia a lo largo de su vida.

La violencia anula por completo el  derecho y el respeto a las personas; a la diversidad en todos sus aspectos y contextos; arrasa y se justifica; anima a los tibios; tuerce  situaciones  por la amenaza, la coerción o la extorsión a través de la fuerza del dominio; persigue y extermina en la condición humana la capacidad de pensar, de dialogar y de pautar.

Se mimetiza en relatos literarios, programas de  televisión o imágenes en películas de los famosos  justicieros del mundo -sean reales o ficticios-  donde justificarla es la consigna.

Hay violencia de todo tipo: psicológica, laboral, familiar, religiosa, de género, política, social -como son las aplicadas a xenofobia y homofobia-  y los especialistas en el tema podrían clasificar algunas más.

Pero hay una violencia que es la peor de todas: las que padecemos día a día  desde el Estado, esa que por gestiones ineficaces de los gobiernos nos obliga a ver la violencia que se ejerce sobre los más desposeídos, los más vulnerables, los infantes, los presos, los ancianos, los jóvenes, los que no tienen trabajo, los inmigrantes, los que carecen de hogar, los que viven y duermen en las calles, los adictos, los discapacitados y todos aquellos huérfanos de políticas de inclusión u olvidados en listas de programas sociales obsoletos.

Imágenes que vemos al caminar por la ciudad a cualquier hora siendo testigos de una violencia hacia "el otro" y hacia nosotros mismos que soportamos la carga tributiva para que el Estado se ocupe de que eso no suceda. Pero sucede. Y nadie dice nada o si lo dice, no pasa nada. Sólo queda en el discurso pendenciero de las campañas electorales sabiéndose de antemano que son argumentos propios de la calaña antigua y permanente de los políticos que aspiran al poder pero que al asumir no cambiará las reglas estructurales del juego. Son los mismos personajes que repudian la violencia y en días como éstos, de recordar la no violencia  (o la paz, que sería más o menos lo mismo) dan discursos adormilados en los Parlamentos. Saben que son ellos mismos con su desidia los que generan violencia en cada uno de nosotros y nosotras. Claro que lo saben porque son provocadores natos.

Después, como es lógico suponer,  aparecen los estallidos violentos en respuesta a las presiones violentas, desde el robo, el saqueo o la ocupación forzada de viviendas o empresas desmanteladas por sus dueños. 

Los noticieros y programas políticos de la televisión mostrarán ese acontecimiento una y otra vez hasta que ya no nos provoque ninguna emoción. Seguramente  al poco rato, la noticia cambiará y mostrará después desastres naturales en un país cercano o la acción de  terroristas y las consecuencias de alguna guerra en un país lejano.

Violencia provocada, imperceptible, silenciosa, casi invisible que nos retuerce el cerebro todo el tiempo, que nos agrede, que nos viola.

Violencia impuesta por los gobiernos, siempre indemnes, que siguen provocando brechas cada vez más anchas entre ricos y pobres, que se les queman las recetas para el mundo enfermo que no encuentra cura a su mal porque quienes pueden hacerlo jamás se contagian.

Porque cuando no están las garantías dadas desde los gobiernos es imposible tratar la violencia en forma segmentada pues no hay respeto por los derechos de los trabajadores, de las mujeres, de los niños y niñas, de los discapacitados, de los desocupados, de los inmigrantes, de los sin tierra, de los sin hogar;  por tanto, si el Estado y los gobiernos del mundo están ausentes  de asegurar las condiciones  de vida siendo que  la paz es un derecho universal, entonces: ¿Quién nos defiende de esa violencia?

¿Quién nos defiende de esa violencia?

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