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DIA NACIONAL DEL NIÑO CON CANCER

   Si el cáncer sorprende a un adulto  no supone demás quien lee, lo que es anoticiarse de una criatura con cáncer.

   Es injusto.

   Es impropio a la resignación habitual de pensar que es una prueba  más de fe para aquellos que profesan una religión, la que fuere

   Es absurdo.

   Es desgarrador.

   Es insoportable.

   Aunque avance la técnica y la medicina oncológica, atravesar ese tiempo de diagnósticos, consultas especializadas y tratamientos es  indescriptible.

   Con cada niñ@ que padece esa enfermedad se puede ver detrás a la familia, a los amigos del paciente, a sus maestras, a sus compañeros de  jardín de infantes o de la escuela, a los  que comparten alguna disciplina, a los amigos y amigas de sus familiares. Y al lado de ellos, cuerpos de especialistas de la medicina y enfermeros, técnicos y psicólogos  que hacen de la congoja una muralla  para  brindar sus conocimientos  donde un pequeño avance en la lucha es una sonrisa y un retroceso es una incertidumbre.

   Los hospitales públicos hoy poseen tecnología de primer nivel para estos tratamientos y excelencia en  su plantel sanitario que poco tienen que envidiar con la actividad privada.

   Es típico que en vísperas de Navidad o del Día del Niño las cámaras de televisión recorran los nosocomios mostrando a estos infantes recibiendo regalos o riendo con algún payaso que pasa por las salas  provocándoles la risa. Hasta nos muestran a los médicos de la risa de la Escuela de Patch Adams de quienes hemos aprendido que las endorfinas elevan la inmunidad.

   Pero quedan 363 días donde poco o casi nada sabemos de sus destinos, de su convalecencia, de sus  necesidades más inmediatas, de la suerte corrida por ellos y ellas.

   Si esperamos a que la prensa televisiva nos informe  podemos ir buscando una silla.

   Pero usted tiene la opción  de colaborar en la forma que pueda: con ropa y calzado, con juguetes, libros, pinceles, témperas, cuadernos, lápices, rompecabezas o  medicamentos oncológicos que estén en su poder y ya no los necesita,  siempre y cuando sean supervisados por el cuerpo médico. También puede donar su tiempo yendo a los hospitales a leerles cuentos, tocar un instrumento o juntarse con amigos y vecinos para hacer de payasos o una obra de teatro infantil o cantar o lo que usted suponga que haría feliz a un niño. Sólo debe averiguar con el personal y sus directivos  el momento apropiado.

   Y si no puede hacer nada de eso o no se anima,  simplemente  comparta un momento con la familia de esos  chicos que a veces están agotados de hacer largos viajes de su casa  al hospital, a sus trabajos, a las farmacias. Una torta, un termo con café, una  gaseosa fresca, una revista, una charla amena que los distraiga o los relaje  por un rato.

   O un abrazo, simplemente un abrazo.

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