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En el origen de la humanidad los seres eran nómades.

Viajeros continuos buscando animales para cazar y alimentarse, escapando a cambios climáticos severos o de otros grupos que buscaban someterlos.

Cuando al fin lograron establecerse en espacios más calmos y con el descubrimiento del fuego las cuevas se constituyeron en sus refugios u hogares o lo más parecido  a eso.

Plantaron, sembraron, cosecharon, se instalaron y de nómades pasaron a ser sedentarios.

Sin embargo la vida se ocupaba de moverlos cada tanto.

En la medida que su comunidad les proporcionara seguridad y alimento era difícil que se alejaran de ella.

Pero cuando la civilización se fue complejizando, la necesidad de emigrar fue entonces una constante. La búsqueda de un destino menos incierto, las persecuciones políticas o religiosas, las guerras, las pestes, los centros de peregrinación, la búsqueda de territorios fértiles, la necesidad de comerciar, encontrar lugares de estudio, entre otras circunstancias, marcaron el destino errante del ser humano. El descubrimiento de nuevos mundos modeló la aculturación para instalar el dominio económico y político en las zonas conquistadas convirtiéndolas en colonias que proveían materia prima y mano de obra esclava.

Con la conformación del estado moderno fueron apareciendo situaciones que profundizaron el sentimiento nacional generando expulsiones de etnias; las guerras mundiales impusieron otro orden en el mundo. Xenofobia y genocidio fueron inseparables. Instalación del sistema capitalista y explotación también.

Los países vomitaron hacia otros a sus hijos indeseables por pobres o reaccionarios y los que los acogían los humillaban por extranjeros e inadecuados a la nueva sociedad que los contenía.

Y así estamos, escuchando los reclamos de los sin tierra, sin patria y sin trabajo enfrentados a los que no quieren inmigrantes en su nación; pero poco se alzan las voces contra los gobernantes que expulsan día a día con sus medidas económicas sanguinarias a quienes han quedado fuera del sistema por idénticas medidas tomadas años atrás, repitiendo el modelo estructural  que transforma a los ricos en más ricos y a los pobres en más pobres. Ante las reglas del mercado globalizado la emigración-inmigración es un gran negocio lucrativo donde se recrudecen todas las diferencias humanas y el dominio sobre la situación lo ejerce el más fuerte y el más amparado por leyes y políticos.

Todos y todas descendemos de aquel  hombre que dio el primer paso buscando un territorio donde vivir, donde trabajar y donde establecer su hogar.

Todos y todas somos emigrantes, desterrados errantes  del barrio, de la ciudad, del país.

Recordemos la infancia cuando las golondrinas sobrevolaban la primavera  para alojarse en los parques y fecundar en paz. Llegaba la bandada agotada de tanto vuelo después de haber cruzado el continente, gozosas de ser recibidas con sonrisas y  sorpresa, esperada por jóvenes y viejos. Aquí anidaban seguras, aquí descansaban tranquilas, tomaban fuerzas y volvían a partir con sus crías porque el clima había cambiado en su lugar de origen.

Volaban de regreso pero nos dejaban la alegría de haberlas visto.

Que no suceda con los inmigrantes lo mismo que con las golondrinas.

¿Recuerda usted cuando fue la última vez que las vio emigrar? 

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